jueves, 22 de enero de 2009

Desenpolvando

Somos lo que fuimos de niños. Como niños fuimos por lo que jugamos. Aquellos juguetes rotos, perdidos, nuevos, olvidados, deseados. Ésos juguetes que una vez lo fueron todo para nosotros, y a la vez, fueron nosotros y fuimos ellos, desaparecen de nuestra vida y no los echamos en falta.

Tardes de domingo, veranos, inviernos, con el suelo invadido de todo tipo de cosas, cajas, juguetes, coches, piezas, muñecos, incluso objetos diversos que no se pensaron como juguete. Todo es parte de una nueva realidad, un mundo paralelo, fantástico o real propio, único, especial. Un mundo que de noche dormía como tú, y por las tardes renacía renovado, igual pero diferente. Cada día era nuevo.

Pero un día, de repente crecimos, empezamos a necesitar espacio y esos juguetes imprescindibles van subiendo centímetros en los estantes hasta llegar a lo más alto, que en éste caso, no es ningún triunfo.
Llegan arriba, des de donde ven pasar nuestra vida, añorando tiempos mejores. No están rotos, no les faltan piezas, complementos o partes móviles, las pilas están en plena forma; que ocurre? Simplemente, fueron aparentemente olvidados.

Cuando ya están del todo cubiertos por el polvo del tiempo y el olvido un día, debes sacarlos de su apartado rincón, y aparece. Todos aquellos recuerdos fantásticos del niño que un día fuiste y que sigue en plena forma en tu interior aparecen, los miras con cariño, los proteges, no permites que nadie más que tu los mueva, te debes a ellos, sientes que nadie mejor que tu los protegerá.

Al verlos de nuevo recuerdas ésas historias, esos días sólo, con familia, con amigos. Y te das cuenta de todo lo que has vivido, y quizás gracias a ésas cajas polvorientas que miras con cariño y nostalgia.

Tu mente ya no está aquí, ahora, en el cuerpo de un adulto, o un adolescente sujetando unas viejas cajas. Vuelves a estar tirado en el suelo, mucho tiempo atrás, jugando a mil y una historias que aun recuerdas.


Esbozas una sonrisa y una lágrima cae sin que quieras detenerla.

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