Cuando éramos pequeños y llovía, nuestras madres nos ponían unas botas de plástico petrolero impenetrable, las Botas de Agua.
Con éste calzado te sentías algo así como indestructible, eran un seguro contra riños siempre y cuando mantuvieras la capucha en la cabeza (o el paraguas aproximadamente cubriendote).
Entonces, con éstas superbotas y los demás niños el objetivo era conseguir saltar con la máxima fuerza en el charco más grande.
Hoy, en su inhexorable obsesión por llover en fin de semana, el clima ha decidido regalarnos un chubasco aislado de intensidad media y ha cubierto de charcos la ciudad, igual que cuando eramos niños.
Pero hoy, a diferéncia de entonces, nuestra madre no nos ha equipado con unas superbotas y un paraguas de colores y las reglas del juego han cambiado.
Ahora el objetivo es conseguir llegar al destino con los pies secos esquivando los charcos más grandes del mundo entero, buscando el mejor camino para llegar sin darle motivos a mamá para reñirnos demasiado.
Sea con superbotas o con zapatitos, los charcos siempre proporcionan un ratito de tonta diversión urbana que recordamos con especial cariño para siempre.
Porque hoy, ¡llueve en la ciudad!